Muchas
veces hemos tenido un sueño, perseguido una meta, trabajado duro por un
propósito loable, magnífico…Muchas veces en medio del cansancio, del afán, de
todo el trabajo que implica alcanzar ese objetivo, ya estamos en nuestra mente
imaginando el éxito, el reconocimiento, el orgullo que sentirá nuestra familia
o la cara que pondrá nuestro competidor más próximo, entonces una sonrisa enorme
de satisfacción se dibuja en nuestro rostro. Pero al cabo del tiempo,
simplemente los resultados no se dan, no hay éxito, no hay aplausos, no
obtenemos el resultado, y en nuestra cabeza y corazón se forma una tormenta
espesa de pensamiento que nos atribulan y nos enferman. Surgen muchas
preguntas, por qué? Qué hice mal? Maldiciones hacia mí, mi trabajo u otros, y
juicios terribles.
Pero
pocas veces nos detenemos a mirar desde la distancia la situación: nos habíamos
fijado metas muy altas, tal vez no era el momento; o por el deseo de disfrutar
de los premios, perdimos la paciencia y todo lo quisimos ya, sin gozarnos el
proceso; que tal vez debía tardar años no semanas; o simplemente, nuestra
ambición pudo más que nuestra sensatez!
Si
supiéramos fluir con la vida, aprender a trabajar por nuestros sueños, pero
quitando de en medio las expectativas y simplemente gozarnos el día a día, sin
una meta específica en términos de reconocimiento de terceros, en cifras o
distinciones, seguramente los resultados serían mejores. Pues siempre excederían
cualquier cosa que pudiésemos imaginar. Empezar por un ladrillo y ver
maravillados cómo se juntan con el otro y el otro…al final, dar unos pasos
atrás y ver la magnífica casa construida. No esperar elevar un castillo
admirado por todos y obtener tan solo una mansión. O tal vez, sólo sea
necesario entender que no podemos cambiar el mundo con nuestra fuerza humana,
que no somos súper héroes sino que
tenemos fuerzas limitadas y necesitamos ir a un ritmo lento pero feliz!

No hay comentarios.:
Publicar un comentario